viernes, 10 de abril de 2020

EL FIN DEL MUNDO DESPUÉS DE LA GLOBALIZACIÓN


Tenía 11 años cuando me regalaron mi Biblia. En ese entonces lo único que me interesaba era leer el Apocalipsis. Así como yo, miles de adolescentes nos acercamos morbosamente a atisbar el Día del Juicio Final.
Poco después de leer muy confundido las alegorías sobre el final de la humanidad, encontré en el mismo libro no una, sino varias referencias sobre la destrucción del mundo en el pasado. El Diluvio Universal, Sodoma y Gomorra daban muestra del poder destructor del dios vengativo.
Sabemos que no solamente los antiguos judíos tienen relatos catastrofistas de la desaparición de pueblos enteros. Los Diálogos de Platón son el vehículo a través del cual nos han llegado narraciones de lugares fantásticos como el Inframundo, El Templo del Mar y el más famoso de todos: la Atlántida.

La descripción del continente perdido es otra de las referencias que tenemos del fin de una civilización muy avanzada, borrada de la faz de la Tierra pero no de la imaginación popular. El hundimiento de la Atlántida es el más claro ejemplo del fin del mundo.
Obviamente y para desencanto de quienes gozan al ser espectadores de grandes catástrofes en el cine, el mundo no termina reducido a polvo interestelar debido a una gran explosión (tal como ocurre con Kriptón, el planeta imaginario de donde proviene, el también imaginario, Kal-El, alias Superman), sino que dicho mundo es una ciudad inundada, incendiada o derruida por un fenómeno natural.
Dado lo atractivo del tema, durante mucho tiempo, el Apocalipsis ha sido utilizado para dominar por medio del miedo, a una comunidad creciente de creyentes cristianos. Hoy en día ya no tiene tanto impacto como a finales del siglo X, no obstante sigue suscitando expectativas y ganando adeptos dentro de comunidades de fanáticos en varios lugares del mundo. Basta recordar a los seguidores de David Koresh en Waco Texas y cómo se dispararon las ventas de los libros cuyo tema eran las profecías de Nostradamus después de los atentados a las Torres Gemelas.
Por mucho tiempo, la historia de la humanidad nos ha sido enseñada como una línea marcada por sucesos tales como batallas, descubrimientos geográficos e inventos científicos. Dicho concepto de “historia de la humanidad” es erróneo por la simple razón que nunca ha existido una sola humanidad, así como tampoco un único origen de la civilización. Más aún, la línea de la historia no es continua, sino que está interrumpida por espacios sobre los cuales carecemos de información. Esos huecos muchas veces representan el fin de ciudades y culturas enteras, lo cual dificulta nuestro entendimiento del desarrollo de las civilizaciones.
Las leyendas como la de la Atlántida o el ocaso del Imperio Maya, nos hablan de cómo en ocasiones fenómenos fortuitos destruyen todo lo que generaciones habían construido; o lo que es lo mismo, cómo acaban grandes civilizaciones.
Investigaciones arqueológicas prueban que sí hubo un Diluvio y que los sobrevivientes que se contaron como únicos, lo consideraron Universal.
El desbordamiento de ríos causado por lluvias intensas, sigue borrando del mapa ciudades enteras y dejando miles de damnificados y muertos.
El tsunami que transformó Banda Aceh en Indonesia en el 2004, pone de nuevo en evidencia la capacidad de la naturaleza para poner fin a una sociedad.
Ahora bien, la relación entre los desastres contemporáneos con lo que escritores antiguos narraban tiene importantes similitudes y diferencias. Una civilización y todos sus logros pueden ser destruidos por la naturaleza en cuestión de minutos y los supervivientes recordarán ese día como aquél en que el mundo llegó a su fin. Pero ¿qué tal si no hay supervivientes? en ese caso, nadie podrá contarnos lo que sucedió allí. Más aún, ¿qué tal si este desastre se extendiera sobre una región muy amplia y muy apartada del resto de las ciudades? en este caso no habría huella alguna de que esa civilización existió.
La interpretación que podemos dar a la narración platónica del fin de la Atlántida es que dicho continente, no era sino una región muy remota a la Grecia antigua y que sus sobrevivientes, si es que los hubo, fueron muy pocos. No han sido encontrados vestigios que permitan afirmar si la Atlántida realmente existió porque simplemente, no sabemos dónde buscar.
El caso del Diluvio bíblico, es más fácil de ubicar e incluso datar. La Epopeya de Gilgamesh consta de varias narraciones, entre las cuales se encuentra la del anciano Utanapishtim, quien gracias a su compasión sobrevivió a la gran inundación que destruyó las ciudades de lo que conocemos como una región dentro del actual Irak. La epopeya seguramente sirvió de base para que otro pueblo, el judío, la asimilara y contara de forma ligeramente distinta.
Es pues de muchas formas en que el mundo ha sido destruido una y otra vez por la ira de los dioses y por mano de las fuerzas naturales.
Y luego, en nuestro mundo globalizado, ¿podemos esperar el fin del mundo? Como tal, es muy probable que las consecuencias del cambio climático afecten a numerosas regiones en distintos puntos del planeta, lo cual en cierta forma es inevitable. Pintando un panorama atractivo para los directores de Hollywood apocalípticos, algunos de estos lugares sufrirán (sufren) por el hambre, otros por las enfermedades infecciosas y muchos más por la guerra. Los Jinetes del Apocalipsis cabalgan entre nosotros.
Pero no es así como se destruye una civilización. En el pasado, el aislamiento del Imperio Maya (si es que alguna vez existió tal imperio) ha convertido en irreversible la pérdida de la ciencia de la gran civilización maya, pues aún habiendo sobrevivientes, ya no están en condiciones de explicarnos el significado de los glifos que aparecen en las estelas o su conocimiento astronómico. La llegada de los conquistadores españoles y el fanatismo de los evangelizadores dejaron tantos huecos en nuestro conocimiento, que la historia de los pueblos centroamericanos antiguos y qué fue lo que condujo al abandono de sus ciudades, seguirá siendo un misterio.
Las civilizaciones actuales cada vez se diferencian menos de otras. Es uno de los efectos predichos para la globalización. El intercambio económico y la imposición cultural de Occidente, favorecido por las tecnologías de información en auge, convierten a los desastres naturales, en simples estadísticas más, que afectan los índices de las bolsas de valores, pero que de ninguna manera representan el fin de una civilización.
Lo que estamos viviendo, y no a consecuencia de fenómenos naturales, es el fin de culturas enteras que caen en el olvido, porque no siguen el patrón dominante del modelo económico estadounidense.
Ahora sí, los fanáticos del Apocalipsis se sentirán satisfechos, pues aunque el mundo no arde en llamas y los ángeles vengadores no arrastran a los pecadores al Fuego Eterno, su dios, el poder económico, está acabando con los infieles.
BIBLIOGRAFÍA
Asimov, I., El medio oriente, Colección de Historia Universal Biblioteca Isaac Asimov, Alianza Editorial. (1990)
Platón, Diálogos, Porrúa, México.
Gilgamesh o la angustia por la muerte (poema babilonio). 4ª ed., El Colegio de México, 2004, México.
La Sagrada Biblia, 8ª ed., Ediciones Paulinas, 1980, México