Tenía 11 años cuando me regalaron mi
Biblia. En ese entonces lo único que me interesaba era leer el
Apocalipsis. Así como yo, miles de adolescentes nos acercamos
morbosamente a atisbar el Día del Juicio Final.
Poco después de leer muy confundido
las alegorías sobre el final de la humanidad, encontré en el mismo
libro no una, sino varias referencias sobre la destrucción del mundo
en el pasado. El Diluvio Universal, Sodoma y Gomorra daban muestra
del poder destructor del dios
vengativo.
Sabemos que no solamente los antiguos
judíos tienen relatos catastrofistas de la desaparición de pueblos
enteros. Los Diálogos de Platón son el vehículo a través del cual
nos han llegado narraciones de lugares fantásticos como el
Inframundo, El Templo del Mar y el más famoso de todos: la
Atlántida.
La descripción del continente perdido
es otra de las referencias que tenemos del fin de una civilización
muy avanzada, borrada de la faz de la Tierra pero no de la
imaginación popular. El hundimiento
de la Atlántida es el más claro ejemplo del fin del mundo.
Obviamente y para desencanto de
quienes gozan al ser espectadores de grandes catástrofes en el cine,
el mundo no termina reducido a polvo interestelar debido a una gran
explosión (tal como ocurre con Kriptón, el planeta imaginario de
donde proviene, el también imaginario, Kal-El, alias Superman), sino
que dicho mundo
es una ciudad inundada, incendiada o derruida por un fenómeno
natural.
Dado lo atractivo del tema, durante
mucho tiempo, el Apocalipsis ha sido utilizado para dominar por medio
del miedo, a una comunidad creciente de creyentes cristianos. Hoy en
día ya no tiene tanto impacto como a finales del siglo X, no
obstante sigue suscitando expectativas y ganando adeptos dentro de
comunidades de fanáticos en varios lugares del mundo. Basta recordar
a los seguidores de David Koresh en Waco Texas y cómo se dispararon
las ventas de los libros cuyo tema eran las profecías de Nostradamus
después de los atentados a las Torres Gemelas.
Por mucho tiempo, la historia de la
humanidad nos ha sido enseñada como una línea marcada por sucesos
tales como batallas, descubrimientos geográficos e inventos
científicos. Dicho concepto de “historia de la humanidad” es
erróneo por la simple razón que nunca ha existido una sola
humanidad,
así como tampoco un único origen de la civilización. Más aún, la
línea de la historia no es continua, sino que está interrumpida por
espacios sobre los cuales carecemos de información. Esos huecos
muchas veces representan el fin de ciudades y culturas enteras, lo
cual dificulta nuestro entendimiento del desarrollo de las
civilizaciones.
Las leyendas como la de la Atlántida
o el ocaso del Imperio Maya, nos hablan de cómo en ocasiones
fenómenos fortuitos destruyen todo lo que generaciones habían
construido; o lo que es lo mismo, cómo acaban grandes
civilizaciones.
Investigaciones arqueológicas prueban
que sí hubo un Diluvio y que los sobrevivientes que se contaron como
únicos, lo consideraron Universal.
El desbordamiento de ríos causado por
lluvias intensas, sigue borrando del mapa ciudades enteras y dejando
miles de damnificados y muertos.
El tsunami que transformó Banda Aceh
en Indonesia en el 2004, pone de nuevo en evidencia la capacidad de
la naturaleza para poner fin a una sociedad.
Ahora bien, la relación entre los
desastres contemporáneos con lo que escritores antiguos narraban
tiene importantes similitudes y diferencias. Una civilización y
todos sus logros pueden ser destruidos por la naturaleza en cuestión
de minutos y los supervivientes recordarán ese día como aquél en
que el mundo llegó a su fin. Pero ¿qué tal si no hay
supervivientes? en ese caso, nadie podrá contarnos lo que sucedió
allí. Más aún, ¿qué tal si este desastre se extendiera sobre una
región muy amplia y muy apartada del resto de las ciudades? en este
caso no habría huella alguna de que esa civilización existió.
La interpretación que podemos dar a
la narración platónica del fin de la Atlántida es que dicho
continente, no era sino una región muy remota a la Grecia antigua y
que sus sobrevivientes, si es que los hubo, fueron muy pocos. No han
sido encontrados vestigios que permitan afirmar si la Atlántida
realmente existió porque simplemente, no sabemos dónde buscar.
El caso del Diluvio bíblico, es más
fácil de ubicar e incluso datar. La Epopeya de Gilgamesh consta de
varias narraciones, entre las cuales se encuentra la del anciano
Utanapishtim, quien gracias a su compasión sobrevivió a la gran
inundación que destruyó las ciudades de lo que conocemos como una
región dentro del actual Irak. La epopeya seguramente sirvió de
base para que otro pueblo, el judío, la asimilara y contara de forma
ligeramente distinta.
Es pues de muchas formas en que el
mundo ha sido destruido una
y otra vez por la ira de los dioses y por mano de las fuerzas
naturales.
Y luego, en nuestro mundo globalizado,
¿podemos esperar el fin del mundo? Como tal, es muy probable que las
consecuencias del cambio climático afecten a numerosas regiones en
distintos puntos del planeta, lo cual en cierta forma es inevitable.
Pintando un panorama atractivo para los directores de Hollywood
apocalípticos, algunos de estos lugares sufrirán (sufren)
por el hambre, otros por las enfermedades infecciosas y muchos más
por la guerra. Los Jinetes
del Apocalipsis cabalgan
entre nosotros.
Pero no es así como se destruye una
civilización. En el pasado, el aislamiento del Imperio Maya (si es
que alguna vez existió tal imperio) ha convertido en irreversible la
pérdida de la ciencia de la gran civilización maya, pues aún
habiendo sobrevivientes, ya no están en condiciones de explicarnos
el significado de los glifos que aparecen en las estelas o su
conocimiento astronómico. La llegada de los conquistadores españoles
y el fanatismo de los evangelizadores dejaron tantos huecos en
nuestro conocimiento, que la historia de los pueblos centroamericanos
antiguos y qué fue lo que condujo al abandono de sus ciudades,
seguirá siendo un misterio.
Las civilizaciones actuales cada vez
se diferencian menos de otras. Es uno de los efectos predichos para
la globalización. El intercambio económico y la imposición
cultural de Occidente, favorecido por las tecnologías de información
en auge, convierten a los desastres naturales, en simples
estadísticas más, que afectan los índices de las bolsas de
valores, pero que de ninguna manera representan el fin de una
civilización.
Lo que estamos viviendo, y no a
consecuencia de fenómenos naturales, es el fin de culturas enteras
que caen en el olvido, porque no siguen el patrón dominante del
modelo económico estadounidense.
Ahora sí, los fanáticos del
Apocalipsis se sentirán satisfechos, pues aunque el mundo no arde en
llamas y los ángeles vengadores no arrastran a los pecadores al
Fuego Eterno, su dios, el poder económico, está acabando con los
infieles.
BIBLIOGRAFÍA
Asimov, I., El
medio oriente, Colección
de Historia Universal Biblioteca Isaac Asimov, Alianza Editorial.
(1990)
Platón, Diálogos,
Porrúa, México.
Gilgamesh o la angustia por la
muerte (poema babilonio).
4ª ed., El Colegio de México, 2004, México.
La Sagrada Biblia,
8ª ed., Ediciones Paulinas, 1980, México